Eludiré cualquier introducción e historia de quién soy y qué circunstancia me tenía viviendo en Europa. El amigo evangélico de Ivo con quien viajó a Machu Picchu sería mi mejor descripción en este contexto.

Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos relativistas dice: “Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o de sentir”, esa frase puede acercarnos a lo que puede significar un viaje, cuando entiendes el cambio que genera en ti, en tu pensamiento, en tu vida. El viaje a Hallstatt sin duda fue un hito en mis aventuras por Europa.

Hallstatt, un pueblito inmerso en un bosque de montañas y abrigado por un lago de los que salen en las películas de vikingos, debo decir que es un destino de turismo paisajístico, ya que no encontrarán grandes esculturas ni grandes casinos ni un gran carrete, por el contrario, encontrarán la paz y el silencio necesario para escucharse a sí mismos y conectarse con la naturaleza. Llegué al conocimiento de este pueblo buscando un lugar para pasar navidad en Europa, era uno de los 10 mejores lugares para pasar esta fiesta según una página web que no recuerdo, un pueblito ahogado en nieve y completamente aislado, declarado Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 1997.

Recuerdo que, antes de navidad, viajé con un amigo desde Dresde, Alemania hacia Salzburgo, Austria. El viaje fue en bus, muy económico (mochileros universitarios tomando ventaja de la competencia europea low-cost). Una vez que recorrimos un poco Salzburgo y pasamos por la supuesta casa de Mozart, fuimos a la Österreichische Bundesbahnen (ÖBB) que es la empresa estatal de ferrocarriles de Austria, similar a la Deutsche Bahn (DB) en Alemania. Una vez en la ÖBB, con nuestro limitado alemán pedimos la mejor opción para llegar a Hallstatt, pueblito que queda a la orilla del lago Hallsttäter, a unas tres horas de Salzburgo. Nos vendieron un ticket de aproximadamente 23 euros, con derecho a un viaje ida-vuelta. Al día siguiente tomamos el tren de las 9 am con rumbo a Hallstatt, durante el trayecto pasamos por los valles, lagos y montañas más lindas que he visto en mi vida, pero lo mejor aún no llegaba. Casi al llegar a Hallstatt ya no había gente en el tren, son paradas perdidas en medio de montañas y lagos. Una vez en la estación Hallstatt, recuerdo que nos bajamos y nos encontramos con la sorpresa que el pueblito quedaba al otro lado del lago, completamente aislado, donde la única forma de llegar era utilizando un ferry que salía cada ciertos minutos.

Recuerdo que desde que divisé el pueblito y a medida que me iba acercando en el ferry, rompiendo la tranquilidad del agua y el reflejo de las casas con mi llegada, me enamoraba de ese lugar. El templo que está a la llegada es simple y apoteósico a la vez, sin duda alguna, lo que lo hace distinto es el ambiente que lo rodea.

Es difícil traspasar lo que se siente al recorrer las calles y las escaleras de Hallstatt, un lugar que se recorre en una hora, pero que te atrapa para siempre. La quietud del lago, el silencio de sus majestuosas montañas te hacen olvidar la mejor arquitectura y palacio de cualquier rey. Una de las primeras minas de sal está cercana al lugar. Para los más aventureros, también es posible hacer trekking hacia glaciares cercanos.

Recuerdo que esperé el último tren para volver a Salzburgo, el “tío” del ferry me obligó a subirme porque perdería el tren de vuelta, fue uno de esos días donde uno se siente completo, agradecido, feliz de lo vivido.

No sé cómo explicar o qué detalles dar de ese día en Austria, solo me conformo con que quien lea este relato, deje de ignorar la existencia de este lugar, y algún día tenga la posibilidad de parafrasear a Borges y su pensamiento sobre la dicha de entender.

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